Chile es uno de los países con mayor biodiversidad por kilómetro cuadrado del planeta, y gran parte de esa riqueza se explica por su geografía extraordinaria. El desierto más árido del mundo al norte, la Antártica al sur, el Pacífico al oeste y los Andes al este crean barreras naturales que han aislado poblaciones de especies durante millones de años, generando una cantidad excepcional de especies endémicas.
El desierto de Atacama, aunque parece inhóspito, alberga vida adaptada a condiciones extremas. Las lomas costeras — ecosistemas que dependen de la neblina del Pacífico — florecen en invierno con plantas que solo existen ahí. El Parque Nacional Pan de Azúcar protege parte de este ecosistema único.
La zona mediterránea de Chile central es uno de los 36 hotspots de biodiversidad identificados a nivel mundial. El bosque esclerófilo — con quillayes, litres y boldos — es el hogar de especies como el degú, el chungungo y el zorro culpeo. Más del 70% de las plantas de esta zona son endémicas.
Hacia el sur, el bosque valdiviano o bosque templado lluvioso es el segundo bosque templado más grande del hemisferio sur. Con más de 3.000 mm de lluvia anuales en algunas zonas, alberga el alerce — el segundo árbol más longevo del mundo — y especies como el monito del monte, un marsupial considerado un fósil viviente.
La Patagonia y Tierra del Fuego completan el mosaico con estepas, turberas y canales australes de importancia global para la captura de carbono y la regulación del clima.